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Tapajós de Fato, una pequeña redacción situada en el oeste del estado de Pará, en el norte de Brasil, dedicó gran parte de 2026 a planificar cómo cubriría las elecciones nacionales y del estado, una región donde la agroindustria, la minería y las luchas de los pueblos indígenas y otras comunidades rurales son parte indisoluble de la política. Entonces, antes de publicar su primer reportaje sobre las campañas, la redacción decidió abandonar por completo la cobertura.
El motivo fue el miedo. En junio de 2026, Marcos Wesley Pedrosa, fundador y editor de Tapajós de Fato, se despertó y descubrió que su auto, aparcado frente a su casa, había sufrido graves daños. Las imágenes de las cámaras de seguridad revelaron que, a primera hora de la mañana, unos ciclistas daban vueltas a la manzana y señalaban la casa y, a continuación, un auto chocó al parecer deliberadamente contra el de Pedrosa. El editor sospechó que la colisión tenía como objetivo atraerlo al exterior y que podría estar relacionada con los recientes reportajes de investigación de Tapajós de Fato sobre la agroindustria, en los que se revelaba que los alumnos de una escuela local habían estado expuestos a pesticidas. Era el último episodio de una serie de amenazas, actos de vigilancia e incidentes violentos que llevan años afectando a la redacción y que, según especulan los periodistas, están relacionados con su labor informativa. “El miedo ya no se limita al trabajo”, me dijo Pedrosa. “Se cuela en tu día a día. Influye en cómo sales de casa, cómo vuelves, a qué sitios vas y hasta qué punto tienes que estar atento a las personas que te rodean”.
Tapajós de Fato publicó un reportaje sobre lo que le había ocurrido al auto de Pedrosa y difundió la noticia entre los periodistas de toda la Amazonía para que tomaran conciencia de la gravedad de la situación. “Cuando es mejor callarse por una cuestión de supervivencia, quien sale perdiendo es la sociedad”, escribió João Paulo Serra, coordinador de proyectos de este medio.
La segunda vuelta de las elecciones presidenciales de Brasil, que se celebrará el 25 de octubre, puede ser una de las más trascendentales para la Amazonía en toda una generación y plantea una disyuntiva entre dos visiones de la selva: un territorio vivo defendido por las comunidades o una frontera dedicada a la extracción, las infraestructuras y el comercio. Flávio Bolsonaro, que se ha comprometido a relajar las restricciones a la minería y la deforestación, se presenta como un defensor de la libertad de prensa a pesar de que su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, fue condenado por un tribunal de São Paulo en 2023 por atacar sistemáticamente a la prensa. Su rival, el actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva, tiene un historial ambiental desigual, aunque se ha comprometido a poner fin a la deforestación ilegal en la Amazonía para 2030 y ha fortalecido las medidas de protección de los territorios indígenas. La deforestación se ha reducido en un 51% desde que volvió al Gobierno, en 2023, lo que supone unos 690.000 árboles menos que se pierden al día en comparación con la época de Bolsonaro.
Que se esté silenciando a los periodistas locales resulta especialmente preocupante en la meseta de Santarém, al oeste de Pará, donde no hay ninguna otra cobertura informativa. “Ni siquiera lo llamamos ‘desierto informativo’”, me dijo Serra. “Es que no hay información sobre la región”.

Fundada en 2020 en Santarém, una ciudad de unos 364.000 habitantes en la confluencia de los ríos Amazonas y Tapajós—de donde toma su nombre—Tapajós de Fato se convirtió rápidamente en un centro de información imprescindible y sus redes sociales ya llegan a más de 100.000 personas. Sus reportajes también se difunden a través de medios offline—un folleto que se distribuye en mano, un archivo de audio que se reproduce por un altavoz para las comunidades que viven a orillas del río—pues tanto internet como la electricidad pueden ser poco fiables.
Por su proximidad a los campos de soja y maíz, la región del Tapajós se ha convertido en un importante corredor para la economía brasileña de los granos, ya que la producción se transporta hacia los puertos del norte por carreteras, ríos y en un futuro quizás también por ferrovía, el Ferrogrão, un polémico proyecto con graves impactos socioambientales cuya realización puede estar ligada al resultado de estas elecciones. La región se conoce por la minería ilegal, la apropiación indebida de tierras públicas, la deforestación y las largas luchas por los derechos agrarios, los derechos de los indígenas a sus tierras ancestrales y el reconocimiento de los quilombolas, una comunidad afrobrasileña. “Por un lado, hay una fuerza política, económica y logística”, me dijo Serra, “y, por el otro, una historia de lucha y una enorme fortaleza de estas personas y estos territorios. Nacimos en estos lugares”.
Serra me explicó que Tapajós de Fato tiene como objetivo “no solo entrevistar a personas o recabar información de fuentes, sino también actuar como socio” y reunir a periodistas cualificados y comunicadores comunitarios. El periodismo va de la mano de los cambios en las políticas públicas, afirmó. En sus reportajes aplican lo que yo denomino periodismo de mirada lenta, que da prioridad a la cobertura en profundidad y a establecer relaciones con los miembros de la comunidad, y que detecta el cambio antes de que una catástrofe convierta un territorio en noticia de portada.
Por ejemplo, en 2023, cuando alumnos y profesores refirieron dolores de cabeza, náuseas, irritación en los ojos y otros síntomas en un colegio de Belterra, una zona rodeada de campos de soja, los vecinos sospecharon que la causa era la exposición a pesticidas. Tapajós de Fato cubrió la noticia con gran dedicación y el reportaje pasó a formar parte de un “Tribunal Popular contra los Pesticidas”, una iniciativa simbólica impulsada por la comunidad que reunió a periodistas, activistas, académicos y sindicalistas, quienes utilizaron el formato de un juicio para exigir responsabilidades. Aunque el tribunal carecía de autoridad jurídica formal, sus debates contribuyeron a movilizar el apoyo a una normativa más estricta para los pesticidas. En 2026, una coalición de diecinueve organizaciones de la sociedad civil presentó una propuesta a un diputado del estado de Pará para que se impusieran restricciones más estrictas a la fumigación con plaguicidas. En 2025, a medida que los casos de intoxicación seguían aumentando y pasaban de unas decenas a varios cientos, los periodistas colaboraron con Repórter Brasil, una plataforma nacional, para recabar datos y un hacer un podcast sobre cómo las comunidades podían hacer frente a la deriva de los plaguicidas.
Desde la fundación de Tapajós de Fato, sus periodistas han sido seguidos, acosados y amenazados fuera de las oficinas, a menudo a raíz de las investigaciones que llevaban a cabo, como la de los pesticidas o un reportaje de 2021 sobre la minería ilegal. En 2022, un agresor armado con un cuchillo atacó a un periodista a las puertas de la redacción, que escapó por los pelos. Tras las elecciones de 2022, mientras Tapajós de Fato informaba sobre los seguidores de Jair Bolsonaro, Serra recibió una llamada amenazante exigiéndole que retirara una publicación de las redes sociales, a lo que se negó. Al poco tiempo, le pincharon las ruedas del auto de empresa. En las inmediaciones de la redacción, los periodistas encontraron la cabeza decapitada de un gato y un mensaje en el que se amenazaba a Pedrosa.
Los hechos se denunciaron a la policía, que no identificó a ningún sospechoso ni determinó si todos los incidentes estaban relacionados entre sí. “El periodismo de Tapajós de Fato está siempre alerta”, me dijo Serra. “No hacemos todos los contenidos como nos gustaría, porque sabemos que no podemos exponernos”. A veces, los periodistas omiten su nombre en los artículos y han reducido su presencia en las redes sociales.
“Incluso he tenido que mudarme seis veces en menos de cuatro años”, me contó Pedrosa. Serra me contó que dejó de visitar a su madre durante un año porque temía revelar dónde vivía. Otros periodistas brasileños han vivido situaciones similares, aunque, a nivel nacional, hay una mayor libertad de prensa en la era pos-Jair Bolsonaro. Ahora los periodistas temen que se produzca un cambio de rumbo.
Aunque Tapajós de Fato no cubra las elecciones, sigue empoderando a la comunidad al mantener un seguimiento constante de lo que ocurre en la región. “Es un trabajo que resiste y continúa porque tiene que continuar”, me dijo Serra. “Porque, si no lo hacemos nosotros, a nivel local será muy difícil que otra iniciativa ocupe nuestro lugar”.

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